La vida ciertamente puede
ser muy dulce. Muchas veces, sin
darnos cuenta, o en el momento menos preciso nos da regalos, pequeños obsequios más valiosos que la eternidad que le dan
un toque bello al vivir.
Están envueltos en papeles
de delicadeza con puntitos de felicidad. Son finas cosas que nos dan más de lo
que nos imaginamos que habría. Es una dulzura bien recibida por lo inesperado
que fue. Lo mejor de todo es que ni siquiera se puede rechazar o devolver,
y aunque a veces venga con instrucciones
difíciles, para los inteligentes, siempre
valdrá la pena.
Si, son momentos. Instantes
que nos da el destino permitiéndonos recordar lo mejor de lo mejor en nuestros tiempos rosa. Lo que
clasificamos como oro en nuestras vidas que poco a poco
se nos va olvidando. Nos regala unos
minutos en donde nos damos cuenta de lo que alguna vez y con justa razón
deseamos con todo el corazón. Nos da segundos en donde nos asalta la
felicidad al ver lo grandioso que es nuestro día. Otras a veces son
tiempos en donde la sabiduría nos acompaña y nos pone los pies en la tierra o nos deja comparar días para sacar lo mejor de ello...
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